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viernes, 12 de octubre de 2012

En el Abismo




Lucía ausente, distante; literalmente tirada sobre el sillón preferido de su nuevo departamento, la mirada fija en un viejo letrero de neón.
Tuvo un novio: Siete años de pareja, “remetida” le llamaban por aquella época.  El verlo, de la mano, con la “otra” fue un terrible shock que jamás superó.
Tuvo una familia: Por lo menos empezó a soñar que podría comenzar a disfrutarla a partir de aquella salida a Mendoza, hasta que al regreso, su padre muere asesinado por delincuentes que equivocan la víctima.
Tuvo un hermano al que le pesa más el error cometido que el hecho de estar en la cárcel.
Le queda el cuerpo de su madre y el hacerse cargo de su mente que lucha por volver a encontrar la referencia que la vuelva a ser ella misma. Alguna amiga que evita, para no dar lástima…
Tuvo un nuevo romance que, sin explicación, de pronto quedó en la nada; sin mediar palabras, suspendido, como inerte en una nube de vacío… 
Eran las tres de la mañana de, ya había perdido la cuenta; días y noches sin poder dormir.  Tenía el envase de los sedantes sin abrir, pensaba, que de tomarlos; debería hacerlo de una sola vez…
Se alimentaba poco y mal, había perdido más de siete kilos de los pocos que pesaba.  No soportaba más aquella ropa manchada y olorosa, pero cada vez que intentaba cambiarla volvía a recostarse en el cómodo sillón que la contenía pensando que podría hacerlo más tarde. Para peor, la aparición de un nuevo período solo lograba agregar  malestar.
El televisor permanecía encendido y aún, sin prestarle atención, registraba la acefalía en la que volvía a caer el país una y otra vez; ya había perdido la cuenta de la sucesión de Presidentes.  Como si ese cambio fuera tan solo un juego de poder…
Al igual que  la llama de una fogata, el destello del cartel volvía a atraparla.  Sentía como  toda la energía era absorbida por su mente que no paraba de repasar una y mil veces lo que le había pasado.  Buscaba, inútilmente, alguna explicación. 
El timbre del teléfono la sobresaltó, lo tenía allí, al alcance de su brazo.  Sólo tenía que estirarlo, quizá fuera él… Pero no, tenía suficientes motivos como para suponer que no la llamaría, y entonces ¿quién lo haría? Y ¿Por qué tendría que atender el llamado…?  Continuaba sonando insistentemente,  especialmente sensible por la falta de descanso levantó el tubo para evitar que la siguiera castigando.  En el acto de descolgar escuchó una voz que pudo identificar de inmediato: era de su amiga Carla
- Claudia, atendé por favor… ¡Claudia…!
Automatizada por su estado zombie atendió:
-Sí Carla, decime…
-Hace mucho que no te veo, preciso saber como estás, no podes desaparecer de esta manera.
-Es…, es que estoy muy ocupada…
-No te creo y ¡no te atrevas a cortarme!, a vos te está pasando algo… Mirá prepará un café que ya salgo para tu departamento
-No, ahora…
Carla le ganó cortando la comunicación antes que Claudia se pudiera negar al encuentro.  No le quedaba más alternativa que levantarse, pensó en ducharse, pero lo haría luego; ahora prepararía el café y vería si podría evitar a su amiga, o en todo caso, disponer de ella lo más rápido posible.  No tenía voluntad de charlar con nadie, se preguntaba porque había atendido la llamada…
Otra vez el timbre destruía su calma.  No le quedaba otro remedio que abrir…
-¡Ah, no loca!!! ¡Mirate como estás….!!!
Fue la espontánea exclamación de la visitante.  Claudia, aturdida, no tuvo respuesta; tampoco tenía voluntad de hablar.  A partir de allí no hubo dialogo, solo un prolongado y sermoneado monologo de Carla que se instaló en el departamento decidida a recuperarla.
Baño, pastillas, sueño reparador de por medio y ahora sí, dialogo.  Una muy prolongada charla, catarsis, llanto; una mano amiga y una propuesta que le permitiría  seguir aferrándose a la vida…
- Tengo que viajar a Misiones, venite conmigo; sabes que no soporto el avión. Haceme compañía, vamos tranqui recorriendo pueblitos…

viernes, 25 de mayo de 2012

El Velatorio



   Hernán no se movilizó con la agilidad que lo caracterizaba.  Llamó a Quiroz y repasó telefónicamente lo sucedido, no lo podía creer.  Estalló nuevamente en un llanto desconsolado al tiempo que se repetía, casi gimiendo: “¡¡¡No puede ser…!!!!! ¡¡¡No puede ser…!!! Sin superar definitivamente este trance se incorporó, secó sus lágrimas y se dirigió a obtener la rápida liberación de los restos de su padre.
   El velatorio se realizó  en las dependencias del Círculo de Oficiales de la Policía.  Se habían previsto todas las formalidades que correspondían para honrar a un funcionario de este nivel, muerto en el cumplimiento de su deber. Por supuesto tuvo el correspondiente ascenso “Post mortem” nombrándoselo Comisario Inspector.  El féretro era custodiado por dos agentes con uniforme de gala: chaquetilla, guantes blancos, gorra. Permanecían inmóviles, uno de cada lado, las dos horas que les correspondían hasta ser relevados.
  Nidia lucia fantasmal, demacrada –y no era habitual verla así- sino que, además;  estaba como ausente.  Tenía la mirada perdida, el cabello recogido, un par de lentes oscuros y un chal negro que abrazaba su cuello.   Si bien los hijos no ocultaban su dolor, organizaban y cuidaban todo con el mayor cuidado.  No dejaban de sorprenderse por la llegada de personas que no les resultaban conocidas, al tiempo que disimuladamente, pero sin poder evitar el efecto de la curiosidad que esto había despertado; les dirigían sus miradas   procurando lograr alguna señal o indicio que les marcara algún vínculo.
   Luca Ferranti hizo su ingreso captando la mirada de todos, venía acompañado por otra persona que Claudia identificó inmediatamente: Ignacio Gerez, ayudante de cátedra.  Indudablemente, no sólo era reconocido por su actividad como docente.   Claudia abrazó a Luca cálidamente y  ofreció su mejilla a Ignacio, convocó a su madre y hermano y realizó las presentaciones correspondientes.  Nidia seguía extraviada, ni lo miró: aceptó sus condolencias, las agradeció y se retiró hacia la recepción. Hernán permaneció en el lugar. Lo saludó, evaluándolo exhaustivamente con su mirada, y le pidió que se mantuviera cerca de su hermana.
   La familia de Carlos contenía a Nidia.  Ferranti consolaba a Claudia y observaba detenidamente a cada recién llegado.   
   Entre los  presentes se encontraban colegas de la actividad, abogados, jueces, médicos, políticos.  Se agrupaban entre ellos y evidenciaban un nivel socio económico muy elevado.  Otros grupos, menores, se diferenciaban notablemente.  Parecía gente muy humilde en su aspecto. El aroma a flores proveniente de las coronas ya era insoportable.
Luca tomó de la mano a Claudia y la llevó al exterior.
   Hernán hubiera preferido que no le enviaran flores.  Recordaba la aversión que su padre tenía por el jardín y las limitaciones que ponía a Zacarías para la realización de sus tareas. 
   Fue un velatorio prolongado y denso. El entierro fue peor.  Había dejado de llover, pero el agua había realizado su tarea.   Por suerte, el cementerio parque tenía el camino consolidado y los vehículos se pudieron desplazar sin dificultad.  La caravana era  numerosa y a pesar de la amplitud del lugar muchos vehículos tuvieron que ser dejados en la calle exterior.  Se había convenido un breve responso dado la escasa convicción de Carlos en cualquier creencia religiosa.  La institución había definido la lectura de unas breves palabras que resumirían el paso por la Fuerza, resaltando las cualidades y virtudes del difunto.  Su esposa e hijos soportaban estoicamente el momento.  Se habían separado.  Nidia y Claudia habían quedado sobre uno de los lados del ataúd; Hernán del otro.  Casi al finalizar la ceremonia, un hombre se acercó a la viuda e intercambiaron algunas palabras.  Los hijos se preguntaban quién sería.  Pero, aunque ellos no conocían a nadie de allí, supusieron que pertenecía a la familia. Ferranti, permanecía al lado de Claudia. Por momentos la tomaba del hombro, en otros de su mano.  De todas formas no  podía evitar registrar cada rostro y expresión, seguramente algún análisis posterior le aportaría algún dato de interés. Había observado varías situaciones y personas que llamaron su atención pero  tenía claro que no era momento para comentar o preguntar nada.  Hernán se les acercó y disimuladamente tomó a su hermana de la mano procurando separarla de Luca. Comenzaron a retirarse del lugar.  El sueño reparador se hacía imprescindible.  Retornaron a su casa dirigiéndose cada uno a su habitación.